“…El educador no debe despertar temor en el estudiante. Esto no es conceptual, discount porque el educador mismo comprende, no sólo verbalmente, que el temor en cualquiera de sus formas mutila la mente, destruye la sensibilidad, contrae los sentidos. El temor es la pesada carga que el hombre siempre ha llevado consigo…”
    (Cartas a las Escuelas. Krishnamurti).

 
Logo de Antonio Domingo     La autoconfianza y la autoestima son dos de los muchos apartados psicopedagógicos que o permanecen en un oscuro segundo término o están totalmente abandonados a la hora de afrontar la educación musical, la práctica instrumental, en definitiva en todo lo relacionado con la  formación de un músico. Ambos conceptos aluden a esa parte interior del discente, la más escondida, la emocional. Pero no por ello, la menos importante ni mucho menos, ya que en realidad es la que soporta todo la estructura vital de un ser humano, también de un músico.
 
 LA AUTOCONFIANZA A TRAVÉS DE LA TÉCNICA DEL INSTRUMENTO.
 
     En la enseñanza de nuestro instrumento, como en casi todos los demás, siempre nos importa qué es lo que hacen mal nuestros alumnos cuando están tocando, (quizás también sería muy bueno hacer hincapié en lo que están haciendo bien). Lo más importante es lo que nosotros, como profesores, estamos recibiendo a través de nuestros ojos y nuestros oídos. Pocas veces nos paramos a pensar cuál es la consciencia que tienen nuestros alumnos de ese mismo acto. Solemos anteponer nuestra identidad y conocimiento, a la del ser humano que se está formando y que es quien realmente necesita ir reconociendo su identidad. Nunca solemos pensar en el desarrollo de su propia seguridad a la hora de tocar. Seguridad pensada bajo el prisma de la técnica y a la vez, por descontado, de la música: ¿sabe qué tiene que hacer?, ¿sabe cómo hacerlo?, ¿es consciente de sus medios para conseguirlo?, ¿los medios son suyos o siempre son prestados?, ¿cuánto de él hay en lo que está haciendo?, ¿se siente identificado con lo que hace o por el contrario es algo ajeno a él?
 
     Esas cuestiones deberían ser parte del proceso mental más importantes a la hora de formar músicos, darles la necesaria seguridad en sí mismos como para desarrollarse plenamente dentro del beligerante mundo del instrumentista profesional. Demostrarles que son capaces de montar obras, sin la necesidad obligada de un tutor que les guíe. Que simplemente actuando con plenitud, utilizando todos los recursos que día a día se les presentan y que disponen a su alcance dentro y fuera del aula, serían capaces de hacerlo por sí mismos, añadiendo una simple supervisión por parte del profesor. Por el contrario, en muchos casos los propios educadores nos encargamos día a día de ir mermando esa confianza en sí mismos, creando en ellos la angustia, la inseguridad, e incluso en casos extremos, el tedio por el estudio. Estoy totalmente convencido de que en la mayoría de los casos, por no decir en todos y dejar un pequeño espacio a la duda, este acto de derribo de lo personal y lo cualitativo, se hace de manera inconsciente, solapado por una búsqueda de la perfección por parte nuestra como educadores, pero que en muchísimas ocasiones, nos aleja por completo de la realidad del propio alumno.
    
     Esta inseguridad se va generando en el día a día, y como decía antes, puede llegar a ocasionar trastornos bastante graves dentro del desarrollo del alumno. Una pequeña prueba que podemos aplicarnos a nosotros mismos en este instante presente, consiste en imaginarnos dentro de un aula o de una sala de conciertos teniendo en primera fila a ese “profesor”, aquel que cada uno conoce… ¿Cuántos perderíamos la capacidad de reacción y frescura con la que habitualmente tocamos?. Quizás nos sorprenderíamos al comprobar que somos más de los que en un principio parece. En pocas ocasiones ves en labios de los alumnos palabras de fortaleza emocional por la presencia de su profesor en unas pruebas.
 
    Con todo esto no quiero decir que a los alumnos se les deba “dejar de la mano de Dios” esperando que el milagro se produzca. Evidentemente, aunque los milagros se producen, siempre necesitan un pequeño empujón. Pero eso: sólo un pequeño empujón; un comentario a tiempo, una reflexión a dos bandas, un intercambio de impresiones sin imposiciones estamentales… construyendo no desmoronando el trabajo del alumno; desde el positivismo, no aplicando lo negativo como la fórmula mágica del crecimiento. Dándole herramientas verdaderamente válidas para que el alumno pueda llegar a pensar que quizás aún le falta mucho para estar plenamente maduro, pero su color está cambiando con el paso de cada aurora. Y lo más importante: fortalecerle en su discernimiento para que nunca llegue a pensar que la única verdad habita en la mente de aquel que semana a semana, mes a mes, le da clase, y que lo que EL piensa no es correcto, o no es cierto, lo que termina irremediablemente atrofiando sus propios mecanismos de creación y recreación.
 
LA AUTOESTIMA A TRAVÉS DE LA MÚSICA.
 
     Mientras la autoconfianza no esté totalmente restablecida a través del control y la seguridad en el manejo de su propio instrumento, el desarrollo de la autoestima no será posible de forma completa. Si la primera se basa en los elementos técnicos propios de nuestra especialidad instrumental ésta, la autoestima, depende en gran manera del saber hacer en el discurso musical. Es decir, del conocimiento y posterior reconocimiento en nuestro discurso musical, de los elementos formales, armónicos, estéticos, etc. que aparecen implícitos en cualquier partitura. Es cierto que técnica y música van perfectamente ensambladas, unidas, que son las dos caras del arte musical, pero ambas emocionalmente actúan de forma diferente en los alumnos. Por lo tanto, a la vez que se forma al instrumentista, se debería ir formando también al músico. Pero formar al músico desarrollando su propio criterio musical, así como su capacidad de ser consciente de aquello que suena y aquello no. Siempre a través de su propio oído, no únicamente del que está enfrente con cara circunspecta valorando lo que hace.
 
     En general, solemos cercenar la capacidad de decisión de nuestros alumnos a la hora de dar forma y color a una obra. Eso lo hacemos incluso desde las primeras clases, desde los primeros años de formación que son tan importantes. En esos momentos estamos sentando las bases de cómo van a afrontar estos futuros músicos su acercamiento vital a la interpretación musical. Hay veces que lo hemos hecho tan mal que cuando estos jóvenes alumnos se encuentran en cursos superiores, su capacidad de decisión está totalmente anquilosada. Llevan años decidiendo por ellos, diciéndoles qué, dónde y cómo tocar.
 
     Está claro que el criterio del profesor es el que debe prevalecer en principio, para eso es el profesor, pero el diálogo, la discusión (en el mejor sentido de la palabra), la reflexión… cualquier herramienta que forme intelectualmente al alumno, es imprescindible para no crear clones, sino seres artísticamente libres y creativos, seres que piensen y actúen, seres que sean felices haciendo aquello que aman, seres que disfruten de la vida a través de la música, y por último, seres que hagan un poco más felices a los demás sobre un escenario.