Alumnos de Seppuku auditorio Conde Duque (Madrid), concierto dirigido por Antonio Domingo     Según cuenta mi memoria, y los documentos que conservo de esa época, en enero de 1996 entré a formar parte del enorme claustro de profesores de las Escuelas Municipales de Música del Ayuntamiento de Madrid, como profesor de percusión. En mi actividad educativa en ese centro también estaba incluida la dirección del Grupo de Percusión de Orcasitas, circunstancia que consideré uno de los grandes alicientes de este nuevo proyecto laboral. 

     Los comienzos siempre son muy fáciles para mi, porque consisten simplemente en hacer realidad aquello que ya existe en mi mente. Mi idea de un grupo de percusión era muy clara, llevaba trabajando en “Tabir” los últimos cuatro años, por lo tanto, únicamente necesitaba tiempo de ensayo e ilusión por parte de mis nuevos discentes. Ambas cosas me fueron concedidas y el grupo dio unos cuantos giros hasta quedar encuadrado dentro de lo que yo consideraba que era la línea más interesante de trabajo para todos.

Seppuku, Teatro Monumental (Madrid, diciembre de 2001), dirigido por Antonio Domingo

     Así fueron transcurriendo los meses, llenos de imaginación, de búsqueda, de ilusión y disfrute con cada una de los proyectos que se hacían. Este paso del tiempo también hizo que el grupo madurara y que nuevos personajes se unieran a esta “compañía percusiva”. Aquellos iniciales: Carlos, Jorge, Juan Pablo, Gonso, Javi, Ángel, David, Eduardo y Miguel Ángel … fueron poco a poco, en unos casos sustituidos, y en otros casos se les agregaron nuevas caras: Cristina, Sandri, Sergio, Marisa, Elia, Luis Alberto, Lorenzo, Eva, Iván, Ruth, Lucas… sin olvidarnos de todos los pequeños que empezaron a uniser a nosotros: Zazo, Marina, Eva, Irene, Víctor, Edu, Alejandro, Marcos, Nacho, Nerea…

     Con el paso de varios años y según fuimos afianzando los lazos que nos unían más allá de lo puramente pedagógico, el grupo se fue transformando producto de la relidad que os rodeaba. Orcasitas como barrio siembre ha sido ejemplar en temas de participación ciudadana. Simplemente aplicamos a la música lo Seppuku, acampada en el Pimpollar (Madrid, junio de 1998)que ya funcionaba en el barrio desde hacía décadas. Lo primero que había que hacer era crear un nombre que nos identificara. En una de las cenas de grupo apareció el nombre: SÉPPUKÙ, palabra de origen japonés con una fuerte carga emocional.

     Estos cambios implicaron una cierta pérdida de control desde mi posición de “capitán de las sardinas”, y lo que era más emocionante, nuestro barco tomaba un rumbo, para mi desconocido, y en el que las respuestas a las preguntas no siempre se sabían de antemano. La idea de grupo de percusión, tal como se había planteado en un principio estaba desapareciendo, dejando paso a un proceso que era absolutamente nuevo, inédito, ¿peligroso?…

    A partir de ahí mi labor fue transformándose programa a programa, concierto a concierto. Obviamente siguí siendo el que al final manejaba los hilos, pero ese puesto que en otras formaciones está perfectamente delimitado, en Seppuku perdía su perfil, desdibujándose. Eso, era precisamente lo que hacía más interesante mi labor en esta formación; la otra forma de dirigir… ya la conocía. Incluso los miembros del grupo, también se transformaron y pasaron de ser unos meros “meros”, a ser parte activa y decisoria en todo lo referente al grupo: programaciones, actividades, viajes… todo se decía habiendo opinado todos.Seppuku, concierto pop (Alcorcón, abril de 2001)

     Esta nueva idea de grupo, (nueva al menos para mi), nos hizo crecer en muchas direcciones, yo diría que en casi todas, y nos hizo desmarcarnos de las propuestas pecusionísticas de otros centros educativos, creando una forma totalmente distinta de entender la música y sus “alrededores”, a través de la percusión. Nos resultó relativamente fácil, porque un grupo de gente nada homogéneo como éramos, hizo crecer mejor y mucho más rápido nuestra formación.

     Ese frondoso desarrollo tuvo varias etapas a mi modo de ver:

     1) una primera en la que todo valía, en la que cualquier idea era aceptada por todos, pues representaba un nuevo paso en una nueva dirección; el criterio del grupo era común para todos;

     2) otra nueva etapa apareció cuando ya habían pasado algunos programas y los criterios individuales, alentados por las ricas experiencias anteriores, comenzaron a crecer en cada uno de los miembros del grupo. Ésto hizo que el proceso de aprendizaje, y el de exploración de una nueva forma de entender al grupo de percusión, se dispara, tomando una velocidad vertiginosa; la idea común de grupo se había articulado en varias opciones, todas ellas importantes.

    3) una tercera etapa apareció debido a todo lo anterior; todos empezamos a tener bastante claro qué es lo que queríamos conseguir a través del grupo de percusión. Ésto, aun hizo más evidente los procesos en los cuales desarrollamos diferentes partes de nuestra actividad musical, pero planteó los primeros problemas serios en nuestra trayectoria; la idea común de grupo se había fragmentado en varias opciones que se contraponían.

Seppuku, Mov'idas de la olla. (Orcasitas, diciembre de 1999)     En efecto, aparecieron tres tendencias principales, (digo tres para intentar simplificar, porque se podrían hablar de tantas tendencias como miembros tiene el grupo, incluido yo mismo):
a) una tendencia que planteaba como línea principal de trabajo a la percusión clásica como carrera.
b) otra tendencia que tomaba como línea más interesante la dedicada al proceso pedagógico y sus “periféricos”.
c) y por útimo, una línea investigadora que pretendía abrir nuevos terrenos donde desarrollar la música de percusión.

     Aquellas tres claras tendencias generaron la identidad propia de Sépukù. Hubo que ser conscientes de la realidad que rodeaba al propio grupo. Y hubo varias cosas que se tomaron como pilares fundamentales que jamás se nos podían olvidar, por mucho que llegáramos a crecer: 
 
     – debíamo recordar que estabamos en una “Escuela de Música Elemental” y que lo que habíamos creado estaba fuera por completo de los planteamientos académicos de la misma. Ésto tienía sus cosas muy buenas y sus pequeños inconvenientes y teníamos que tenerlo constantemente en cuenta.

     – que por ser un centro educativo elemental había una sección del grupo (la dedicada a los niños) que jamás podíamo ni olvidar, ni obviar. Ellos eran el próximo Sépukkù, ellos eran también parte de este proyecto, y ellos nos miraban con ojos llenos de ilusión imaginando un futuro, que les pertenecía.

     – que las realidades personales y profesionales de cada uno de los que pertenecíamos al grupo eran diferentes; que cada una de las pretensiones personales y musicales también lo eran; y que los tiempos de dedicación a que nos podíamos comprometernos a la hora de estudiar y tocar, tampoco se parecían en nada de unos a otros.

     – por lo tanto se decidió, para poder seguir creciendo juntos, aprovechar lo positivo de lo que los otros (diferentes a uno mismo) aportaban al grupo.

Seppuku, acampada en el Hayedo de Montejo (Julio de 2001)     Trabajar en varias direcciones era de una riqueza imponente y a la vez contenía ciertos riesgos, porque si todos tirabamos de una misma tela en muchas direcciones sin ser conscientes de la resistencia de la misma, ésta, al final terminaría cediendo, rasgándose por la zona más débil. Si por el contrario éramos conscientes de la fragilidad de este tejido y estirabamos con suma delicadeza, la tela jamás se rompería y por el contrario se nos acabaría el espacio que cubrir.

 Continuará…  para dejar descansar a la memoria.

antonio domingo