Cuando la soledad es la agonía de los docentes

¿Por qué nos duele tanto la divergencia? ¿Por qué molesta a tan altos niveles ser diferente? ¿Por qué no seguir el camino marcado por el pragmatismo, nos hace ser el centro de atención de las miradas que desaprueban nuestras acciones? Estas preguntas, y otras miles semejantes, aparecen en los diálogos que mantenemos con nuestro yo interior en esos momentos de soledad y abandono en los que nos zambullimos tras un día complejo en las aulas. ¿Por qué no ven lo que yo veo? ¿Por qué no acceden simplemente a dejarme hacer, sin ponerme obstáculos en mi senda? ¿Por qué ante la duda, no dejan un espacio limpio donde poder mostrarles que otra educación es posible?

Siglo XXI, tiempo y espacio donde las revoluciones informativas y digitales o los avances científicos, están haciendo que el ideario de nuestra sociedad aumente en contenido, en continente, y se transforme a velocidades de vértigo. Herramientas jamas soñadas están a nuestra completa disposición y las barreras naturales espaciales han desaparecido, generando una globalización del conocimiento. Modelos de propuestas de éxito educativo inundan la red, sembrando de aciertos cualquier rincón del mundo.

Pero aún así, los de aquí, los de mi entorno más cercano, seguimos siendo los raros, los divergentes, aquellos que revisten la educación de ropajes que hacen que los ultracrepidianos duden de su necesidad o de sus buenos resultados. Somos los que siempre dedicamos parte de nuestro tiempo libre a seguir investigando y aprendiendo, porque somos conscientes de que el mantra “formación, formación, formación” es imprescindible para poder abordar con éxito los nuevos caminos que nuestros discentes nos animan, con su mirada apreciativa, a explorar. Pero aún así, las propuestas surgidas de horas de dedicación a mejorar un sistema educativo anquilosado por el temor al cambio, son siempre recibidas como ataques a lo establecido, o como locuras de lxs qvixotes de las aulas, enajenadxs por los nuevos libros de caballería educativa.

Y lo peor de todo, es que en esa profunda soledad, frustración e incomprensión a la que nos vemos abocados en los momentos más dolosos, justo en esos momentos, llegamos a dudar de si nuestro camino es viable, o tal como piensan los demás, tan solo son fuegos artificiales fruto de las nuevas modas educativas que no tardarán en desaparecer. Dudar no es malo; dudar hace más fuerte a la hipótesis; dudar hace posible que una propuesta de mejora esté siempre programada, porque somos conscientes de que la EDUCACIÓN es el mayor experimento jamás realizado por el ser humano. Pero quizá, dudar de nosotros mismos hace casi imposible llegar a Ítaca, y si nunca llegamos, jamás sabremos si ese camino era uno de los posibles a seguir, incluso, aunque hubiera que cruzar la inmensidad del océano que teníamos delante, tal como hicieron los primeros navegantes que no tenían un mapa completo de la tierra. Dudar si, pero sin permitir la parálisis educativa, sin dejar que lleguemos a desistir, sin llegar a pensar que esta necesidad de redescubrir la educación se pasa con la edad y los años de experiencia. Me niego a ello.

Por lo tanto, abogo por compartir experiencias, por encontrar a otros navegantes que hayan iniciado otras odiseas y que su aprendizaje, unido al mío, unido al nuestro, nos permita mejorar los mapas y realizar viajes más seguros y más hermosos. Valorar lo que hacen los demás, conocerlo, aprehenderlo y que termine formando parte de nuestro propio ADN educativo, porque eso nos hace crecer mucho más rápido, recordemos que el aprendizaje suple nuestras necesidades de mejora evolutiva que a los genes no les da tiempo a implementar en el aquí y en el ahora.

¿Cuántos somos los divergentes? ¿Dónde habitamos? ¿Qué estamos haciendo mal para que nuestro entorno tiemble y necesiten incluso amordazarnos para evitar un avance, más que necesario, en la educación?

Este es mi plan: conocernos y reconocernos; ubicar a los desubidados, dándoles la seguridad necesaria para que la duda nos haga crecer y a la vez no nos destruya; construir puentes que nos permitan deambular de un lugar a otro fomentando el aprendizaje colectivo; contar y recontarnos, sabiendo que los raros no somos pocos y que ahora ya no estamos solos, no estamos solas, abandonados a la suerte de nuestra propia resistencia emocional, que sería quien decide quién sobrevive y quién no.

Estoy cansado de tantas nefastas noticias, de PRISA y de tantos telediarios de mala praxis educativa; de horas y horas llenas de palabras que hablan de lo mal que se hace en esas aulas, cuando realmente, están llenas de vida. Que esté cansado, no significa que quiera escapar de esa realidad, que, cierre los ojos y siga gobernando en soledad mi Reino de Taifas de aprendizaje, que me dé por vencido y me entregue a la “costra educativa”. Es cierto que hay mucho que mejorar en educación, precisamente por ello quiero darle voz a quienes se dejan la piel cada día en las aulas, pero permanecen invisibles porque hacerlo bien no es noticia o porque hacerlo diferente no está bien visto. Es nuestro momento, es la hora de contarlo todo, de hacer saber que aún siendo diferentes los resultados están ahí, nuestro alumnado está ahí y que hemos conseguido llegar a nuestra meta.

¿Te animas? Cuéntanos tu proyecto, cuéntanos lo que haces, cuéntanos incluso tus desaciertos, construyamos EL CONTINENTE DE LOS RAROS y llenemos el mundo de ejemplos de ello.

ENLACE AL DIRECTO Nº66

Antonio Domingo.