El día a día en las aulas de un conservatorio o una escuela de música está custodiado por la búsqueda de la excelencia en la interpretación musical. Es natural que así sea debido a que, a nivel cognitivo, representa la máxima exigencia que tanto disidente como docente asumen en su pacto educativo.

Ese ideal de óptimo resultado sonoro se basa, bajo mi punto de vista, en dos pilares fundamentales: por un lado una perfecta ejecución técnica puesta al servicio de la musicalidad intrínseca de la obra que se está interpretando, y por otro lado, nuestras capacidades cognitivas, sociales y emocionales.

En algunas ocasiones estos dos ámbitos no fluyen al unísono y se habla de un intérprete con una técnica muy depurada pero frío a la hora de expresar, o en caso contrario, de un músico lleno de creatividad sonora pero con defectos instrumentales poco menos que imperdonables.

Estas dos opciones las abordamos habitualmente en el aula y ambas parten de una misma premisa: la imposibilidad de poder llegar a realizar una buena interpretación musical llena de frescura, rigor técnico, creatividad y a la vez fiel al texto, debido a que el software, la cantidad de acciones que la obra nos exige a nivel neuronal tanto técnica como musicalmente, supera al hardware, el número de conexiones que podemos poner a disposición de dicha interpretación en el instante presente. 

Ante esta situación propongo dos soluciones. La primera es emocional: no pienses que eres mal músico, tan sólo necesitas mejorar tus redes neuronales, necesitas más “horas de vuelo”. Y la segunda es psicomotriz: estudia BIEN, de la manera más ajustada y propicia para crear, en ciertas parte de tu cerebro, aquellas conexiones neuronales necesarias para poder abordar todo ese software que la partitura te está solicitando.

El cómo se hace esto de una manera rápida y sin grandes sacrificios, creo será tema para otra de las máximas que a lo largo de este curso publicaré. Mientras tanto… pensemos en ello. 

Antonio.