Logo de Antonio DomingoLa semana pasada se dio a conocer el fallo del jurado del VII Certamen Literario de Villacañas 2010 (Toledo), premio que se organiza alrededor de las actividades de la celebración del día del libro. Para sorpresa de los miembros del jurado, el segundo premio fue concedido al texto titulado “El preso”, que yo mismo había presentado bajo seudónimo, por lo que nadie tenía conocimiento de que participaba en el certamen.

Es cierto que llevo bastante tiempo escribiendo aunque nunca con la pretensión de hacer literatura, sino simplemente pedagogía; utilizo la escritura para plasmar sobre papel mi forma de entender la música y su función social. Ésa es simplemente mi intención. Pero en esta ocasión me picó la curiosidad de saber qué pasaría si me presentaba a un concurso, aunque fuera uno de la localidad donde habitualmente trabajo desde hace casi veinte años.

Reconozco que yo fui el primer sorprendido cuando recibí la llamada comunicándome que había sido galardonado con el segundo premio. Desde entonces varios amigos me han pedido el texto para leerlo y ésa es la razón por la que hoy he decidido colgarlo en la web y así quede al alcance de todos.

La idea del argumento del texto sale de la gira de conciertos que ofrecí hace dos temporadas con la Orquesta Sinfónica La Mancha. El argumento era precisamente la base de esta historia. EL PRESO era yo mismo y vivía en primera persona todo lo que se cuenta en el texto. Por eso me pareció muy interesante psicológicamente para mí, intentar contarlo en tercera persona, desde el punto de vista del público.
Espero que lo disfrutéis.


EL PRESO

Era la primera vez que asistía a un concierto de música clásica. María, mi compañera de trabajo en el ministerio, había insistido mucho para que le acompañara. Ese tipo de música tan monótona no es precisamente la que responde a mis gustos, pero ante la sonrisa de María terminé accediendo. Salí de casa y tomé el metro. María me esperaba a la salida, ya en la calle, un espacio que hervía de gente caminando errática de un lado a otro. Al llegar a su altura me miró a los ojos, me sonrió y besó mi mejilla izquierda. Noté la suavidad de su piel y sobre todo, su aroma.

Nos dirigimos hacia la entrada del auditorio. Era un edificio realmente hermoso construido a comienzos del siglo pasado, con un estilo “art decó” muy refinado. Pero por dentro era aun más espectacular: grandes y delicadas vidrieras en las ventanas interiores y lámparas espectaculares llenas de adornos florales. Una acomodadora nos acompañó hasta nuestros sitios entregándonos sendos programas de mano. Las butacas que había reservado María eran muy buenas; estábamos bastante cerca del escenario, lo que nos permitiría poder observarlo todo con mucho detalle. La sala estaba completa; era como un océano de cabezas en movimiento. Me llamó la atención que justo delante de nosotros, en la siguiente fila, aparecían dos butacas sin ocupar y con un pequeño cartelito plastificado que ponía “Reservado”.

Tres timbres indicaban que el concierto iba a comenzar, la luz de la sala se atenuó lentamente hasta desvanecerse por completo y en ese mismo instante salió la orquesta al escenario. Tras los músicos, apareció una señorita que se colocó en el punto de oradores e inició su plática. Se trataba de una psicóloga de la Universidad Autónoma, directora de un programa de reinserción social de presos. Ella y su equipo estaban realizando un proyecto piloto en el que, a través de la musicoterapia, lograban que los presos se adaptaran mucho mejor en su vuelta a la sociedad. Hoy, como último eslabón de ese proceso de socialización a través de la música, asistía a la sala por primera vez un preso. El desasosiego cundió por el patio de butacas. Ella trató de calmarnos diciendo que todo estaba perfectamente organizado: el recluso no era peligroso y asistiría esposado y supervisado por un policía nacional.

Seguidamente, ella agradeció nuestra atención y se despidió, al tiempo que se iniciaba un nuevo murmullo que, como una ola gigante, se fue trasladando del final de la sala hacia el escenario. No tuve más remedio que volver la cabeza para saber cuál era el motivo de tanta expectación y fue entonces cuando descubrí dos siluetas que avanzaban hacia nosotros. Se trataba del mencionado preso, un chico de gesto arisco de no más de 24 años, acompañado por un policía con el rostro muy serio. Recorrieron todo el pasillo hasta llegar junto a las dos butacas reservadas. ¡No me lo podía creer! Nunca había asistido a un concierto y para una vez que lo hago, me toca estar detrás de un recluso. No me extraña que el público, molesto, murmurara y protestara, aunque fuera en voz baja. ¿A quién se le ocurre traer un presidiario a una sala de conciertos y mezclarlo con el público normal? Finalmente, el policía hizo sentar al interno en su butaca, ocupando él la que daba acceso al pasillo. Al tomar ambos asiento pude ver el gesto de pánico de la señora que ocupaba la siguiente butaca a la del penado. Con un gesto automatizado, recogió su hombro izquierdo como si quisiera apartarlo del alcance de su nuevo compañero de sala.

En estos momentos salía al escenario el director y daba comienzo el concierto. El programa de la primera estaba compuesto de música barroca, lo que me hizo pensar en la famosa frase de: “ la música amansa a las fieras”. Y deseé que así fuera. Pero no, al pobre recluso, imagino que por lo incómodo de la situación, le comenzaron a dar como tics, que le hacían moverse en su butaca de forma repentina. En el primero que le dio, no os podéis imaginar el bote que pegó la señora que estaba a su lado. Esto se repitió como un movimiento secuenciado durante toda la primera parte, al tiempo que pude ver cómo nervioso rompía el programa de mano en pequeñísimos trozos. En todo momento yo seguía pensado que aquel no era un lugar para ubicar a un condenado. Con todo este circo terminó una larguísima primera parte. No había descanso, tan sólo un pequeño receso para que el director saliera del escenario. María estaba tranquila. Me miraba y sonreía.

La segunda parte del concierto era muy diferente a la primera. Se trataba de bandas sonoras de películas y pensé que sería un poco más fácil de escuchar que la angustiosa primera parte, tanto para mí, como para el interno que seguía sentado delante con cierto aire de impaciencia. El director salió de nuevo y se giró hacia nosotros con intención de hablarnos. Con voz apesadumbrada y moviendo las manos con gesto de frustración, nos comentó que uno de los percusionistas, el que tocaba la batería, se había puesto repentinamente enfermo y no podría salir a tocar. Nos pidió disculpas y comentó que, aun así, realizarían el concierto tal como estaba programado, a pesar de faltarles un músico. El director agradeció nuestra atención y se giró hacia los componentes de la orquesta. Fue en ese mismo instante cuando el recluso alzó la voz y se dirigió al director de la orquesta para comentarle que podían contar con él; que para eso había estado casi un año en el programa de reinserción, y que si le dejaban, demostraría que él podía tocar la batería en el concierto. El tumulto que se montó fue tremendo. La psicóloga al escuchar al preso gritar desde el patio de butacas, apareció corriendo por el escenario, el policía, puesto en pie, hablaba a través del pinganillo con la comisaría central y la señora de al lado permanecía medio desmayada por el susto que había recibido, mientras su hija intentaba reanimarla abanicándola.

El preso siguió insistiendo a pesar de los empujones del policía y la psicóloga estaba histérica. Finalmente quien puso un poco de orden fue el propio director de la orquesta quien se dirigió al preso y negoció con él la posibilidad de que si realmente era músico y sabía tocar, pudiera subir al escenario. En ese instante el público se dividió en dos. Unos que pensábamos que cómo era posible esa situación, que a quién se le había ocurrido sentar a un presidiario entre las personas formales. Y otra parte del público, cegada por la inconsciencia, que comentaba que se le diera una oportunidad y que dejaran tocar al chaval. El tumulto se resolvió cuando el director de la orquesta dejó que el preso subiera al escenario y pudiera intentar tocar con ellos. Pensé que toda esta gente estaba loca y que el condenado terminaría escapando y podría tomar rehenes.

El director alzó los brazos para retomar el ritmo de aquel tortuoso concierto. La expectación en la sala era tremenda; silencio absoluto. Todos pensábamos que sería un caos, y que el policía se llevaría de allí al recluso de una vez. Tras los primeros compases de la orquesta el director dio la entrada al batería y todo comenzó a fluir. A pesar de que muchos esperábamos que aquello no saliera bien, lo que estábamos escuchando era música. En ese momento miré a María que me sonreía satisfecha, complacida.

¿Qué estaba pasando? me pregunté. Tema tras tema, fue desfilando el programa de la segunda parte y el preso estuvo constantemente en su sitio y a la altura musical requerida. Al finalizar el concierto el recluso saludó junto al resto de los músicos. En ese instante le hizo un gesto al director solicitando poder hablar. Le acercaron un micrófono y con voz suave aunque insegura, agradeció a la universidad, a la sociedad española de musicoterapia, a la psicóloga y al director de la orquesta, la oportunidad que se le había brindado. Sus ojos se iluminaron cuando la sala al completo comenzó a aplaudirle. En ese instante María me tomó el brazo y me dijo que no siempre lo que vemos responde a lo que realmente se es. Y me lanzó una pregunta final que me dejó pensativo: -El improvisado percusionista ¿era un preso de verdad o un actor que pretendía demostrarte hasta dónde llegan tus prejuicios?-.